Controvetida. Con su entusiasmo a lo Piojo Herrera mostrado en cada victoria de Croacia, Kolinda Grabar-Kiratovic se ganó la simpatía de periodistas y espectadores de todo el mundo, pero detrás de su sonrisa perenne se esconde una dirigente xenófoba, amiga de corruptos y que coquetea con el fascismo

No figuraba como favorita en ninguna quiniela, pero ahí está Croacia, metida en la final de la Copa del Mundo de Futbol de Rusia, trofeo que tratará de arrebatarle mañana a Francia y convertirse así en el primer país de la desaparecida Europa comunista que gana un Mundial.

Y tan inesperado como el pase de esa pequeña república balcánica (y sus escasos cuatro millones de habitantes) ha sido el nacimiento de una estrella en este Mundial de Rusia, con el mérito, además, de no haber tenido que tocar nunca un balón. Se trata de la presidenta de Croacia, Kolinda Grabar-Kiratovic, de 50 años.

La jefa de Estado croata logró llamar la atención de todo el mundo por su entusiasmo desbordado con el que celebró cada gol y cada victoria de Croacia. También ayudó su espontaneidad y su manera tan poco ortodoxa de presenciar los partidos. Primero, pidió permiso sin goce de sueldo para viajar a Rusia; luego, se pagó de su bolsillo cada boleto de avión para seguir a su selección y viajó en clase turista. Como una aficionada más, prefirió mezclarse entre sus compatriotas en las gradas y lucir como ellos la camiseta con el típico tablero de ajedrez rojo y blanco que distingue a la selección nacional y al escudo de la bandera.

De haber sido Croacia eliminada en la primera ronda, nadie le habría prestado atención, pero cuando fue convencida de que subiera al palco de autoridades, a medida que Croacia iba escalando más alto, llamó poderosamente la atención, porque, en vez de guardar las formas, se comportó como si siguiera rodeada de la masa de compatriotas que festeaban con gritos y saltos cada gol. De hecho, la condición que puso para subir al palco fue que la dejasen lucir su camiseta con el escudo croata.

Hasta aquí, la cara amable de la historia de Kolinda.

¿Pasión futbolera o ultranacionalista? Tanta sobreexposición a las cámaras y a los fotógrafos es un arma de doble filo. La presidenta croata ha visto cómo su popularidad creció como la espuma en su país y recibe elogios simpáticos desde medios de todo el mundo. Pero también ha servido para que otros medios rasquen en su trayectoria política y se pregunten si, detrás de tanta pasión futbolera, no se esconde su conocido sentimiento ultranacionalista, y su deseo de restregar la Copa a sus vecinos los serbios, sus eternos enemigos. A fin de cuentas, Croacia y Serbia se enfrentaron en una sangrienta guerra civil hace menos de tres décadas, cuando el parlamento de Zagreb se declaró independiente de Yugoslavia y Belgrado se levantó en armas para no dejar escapar esa república bañada por el Mediterráneo, como finalmente ocurrió en 1995.

Kolinda Grabar-Kiratovic ganó las elecciones en diciembre de 2014 con el partido ultraconservador Unión Democrática Croata y un programa xenófobo y antiinmigrante. Antes, tuvo que esquivar con éxito el primer escándalo en el que se vio envuelta, cuando se descubrió que su marido viajaba gratis a costa de las arcas públicas, cuando ella fue embajadora en Washington.

Pero el escándalo que erizó el vello de muchos balcánicos (y europeos) fue cuando se dejó fotografiar con la bandera de los ustachas, los fascistas croatas que se pusieron al servicio de los nazis para exterminar judíos, gitanos y, de forma entusiasta serbios y bosnios musulmanes, sus “hermanos” balcánicos.  Lo preocupante no es que su foto, posando sonriente junto a compatriotas con la bandera filonazi croata, fuese un pecado de juventud postadolescente, sino que se la tomó apenas en noviembre de 2016, durante un viaje a Canadá, ya como jefa de Estado.

En vez de dimitir (como habría hecho la canciller alemana Angela Merkel si se fotografía con una bandera nazi) la mandataria croata le quitó importancia, recordando que esa misma bandera ondeó en el Parlamento de Zagreb cuando el país luchaba por su independencia.

Quizá esto explique no sólo el ultranacionalismo arraigado entre los croatas, sino que se hayan escuchado cánticos de los criminales ustashas en las gradas de los estadios rusos, sin que nadie haya puesto el grito en el cielo.

El caso Mamic-Modric. Actualmente, la presidenta Kolinda Grabar-Kitarovic también es cuestionada por su amistad con Zdravko Mamic, un controvertido hombre de negocios, que huyó a Bosnia tras ser condenado por haber manipulado el futbol croata para ganar millones de dólares en transferencias y decidir todo de acuerdo con sus intereses.

Los jugadores Dejan Lovren y la estrella Luka Modric, también están salpicados por este caso. La justicia croata acusa a Modric de haber dado un falso testimonio en favor de Mamic, por lo que podría darse la situación única de que el jugador del Real Madrid y posible campeón mundial, sea condenado dentro de poco en su país a una pena de hasta cinco años de cárcel. También podría darse el caso de que la justicia croata llame a Kolinda para forzarla a que explique por qué se niega a hablar sobre sus lazos con Mamic, que ya se encuentra detenido en Bosnia.

En cualquier caso, ninguno de esos escándalos amenaza seriamente con salpicar la meteórica fama mundial y mundialista de la presidenta, que quedaría coronada si Croacia gana mañana el Mundial en Moscú, si es que antes no sufre un infarto de emoción, en vista de su apasionado carácter.

Quien debería estar preocupado con una posible victoria de Croacia es el proserbio presidente Putin, que planeó esta Copa del Mundo a mayor gloria suya y de Rusia y que ni en su peor pesadilla se imaginó entregando el trofeo a una simpatizante de los fascistas croatas.

Si ocurre esto mañana, no se pierdan la cara de éxtasis de la presidenta croata y la cara de dolor contenido del presidente ruso.