COVID -19: ¿Debemos tener miedo de la vacuna?

Por: Gilberto Castañeda Hernández, Departamento de Farmacología / Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico nacional -Ciudad de México

Sabemos que diversos centros de investigación y compañías farmacéuticas han formado alianzas para desarrollar la vacuna contra el SARS-CoV-2, el virus que produce la enfermedad llamada COVID-19. El desarrollo de esta vacuna ha despertado una gran esperanza de que, al fin, se pueda controlar la pandemia que estamos viviendo actualmente y que ha costado miles de vidas y ha desquiciado la economía.

Sin embargo, la vacuna aún no está lista. Pero esperamos que pronto lo esté. Existen ya seis candidatos que han llegado a la fase 3 de desarrollo. Si superan esta fase, podrán ser distribuidas y aplicadas a la población general. Pero ¿qué son las fases del desarrollo de una vacuna? Vamos a verlo.

En una comunicación anterior hablamos sobre las generalidades de una vacuna y como empieza su desarrollo. Lo primero es tener los antígenos.

Los antígenos son moléculas del virus que son diferentes a las moléculas de las células humanas. Por lo tanto, son reconocidas como extranjeras y atacadas por el sistema inmune de nuestro cuerpo, constituido por los glóbulos blancos. Estos antígenos se deben colocar en una formulación farmacéutica que es un líquido adecuado para ser inyectado al ser humanos. Uno a varios antígenos colocados dentro de una formulación que se puede inyectar constituyen la vacuna. Ésta debe probarse para garantizar su eficacia, es decir que inmunizará al sujeto inyectado, y su seguridad, es decir que no vaya a producir daño.

La primera fase de estudio de una vacuna, incluyendo la del SARS-CoV-2, es la fase preclínica o fase cero. Inicialmente, se hacen pruebas “in vitro”. Es decir, con glóbulos blancos aislados, y se ve si los estimulan. Por otro lado, se hacen pruebas con toda una serie de células de diferentes órganos para ver si la vacuna, al entrar en contacto con células humanas, no produce daño. Una vez que se tienen resultados adecuados en las pruebas “in vitro”, se inyecta la vacuna a distintas especies de animales, tales como ratones, ratas o monos. Se observa si no se producen reacciones adversas tales como fiebre, dolor, daño neurológico, daño a las células de la sangre, daño al hígado, a los riñones y a todos los demás órganos. Para esto, los animales están en las mejores condiciones posibles y se les observa con toda atención. Además, se hacen pruebas de laboratorio. Si los resultados son satisfactorios en estas pruebas preclínicas, se procede a la fase 1 de las pruebas clínicas. Es decir, a las pruebas en seres humanos.

Por lo general, en la fase 1 se prueba la vacuna en pocos seres humanos. Éstos son voluntarios, a los que se les ha explicado de manera detallada en qué tipo de estudios van a participar y, por lo tanto, entienden las ventajas y los riesgos. Participan entre 20 y 100 voluntarios en cada prueba. El propósito de la fase 1 es determinar la seguridad. Se inicia con una dosis muy baja de la vacuna y se observa a los voluntarios minuciosamente. Se les mide la temperatura, la presión arterial, el pulso y la frecuencia respiratoria varias veces al día. Así mismo, se les hacen pruebas de función motora (caminata y equilibrio, entre otras) y se les interroga para ver si hay dolor o molestias. Se les toman muestras de sangre, orina y heces para realizar toda una batería completa de pruebas de laboratorio que nos permiten detectar cambios en la función renal, hepática, cardíaca, etc.

También se hacen series de estudios de imagen (radiografías, ultrasonidos, etc.). Si no hay alteraciones significativas tras la inyección de la primera dosis de la vacuna, se procede a otro estudio de fase 1 en otro grupo de voluntarios con una dosis mayor y, de nueva cuenta, se hacen todas las pruebas. Se realizan cuantos estudios sean necesarios con dosis escalonadas hasta llegar a la dosis de antígenos que provoca una respuesta inmune adecuada. Así se tiene una idea de la eficacia. Pero el objetivo fundamental de la fase 1 es la seguridad. Es decir, que no vaya a suceder nada malo a los voluntarios.

Es conveniente señalar que el riesgo que corren los voluntarios en este tipo de estudios es muy bajo. Primeramente, ya conocemos los eventos adversos que se pueden generar con los distintos tipos de vacunas que se usan actualmente. Sabemos que, generalmente, son leves y transitorios y, en muchos casos, no se presentan. Sin embargo, uno no puede descartar alguna reacción adversa inesperada, ya que es una vacuna nueva. Por lo tanto, los voluntarios son cuidadosamente observados. Si llegara a presentarse algo inesperado, los médicos reaccionan de inmediato para tratar al voluntario y resolver la situación antes de que pase a mayores. Si los resultados de la fase 1 nos indican que la vacuna es segura, es decir que no producen ninguna reacción adversa preocupante a las dosis que ya estimulan al sistema inmune, se procede a la fase 2.

La fase 2 consiste en probar una vacuna que fue considerada segura en la fase 1. Participan grupos más grandes de voluntarios (generalmente entre 200 y 500 sujetos). Las metas de las pruebas de la fase 2 son estudiar la vacuna candidata en cuanto a su seguridad, capacidad inmunogénica, dosis propuestas, y método de administración. Por capacidad inmunogénica se entiende que se produzca una activación robusta del sistema inmune contra el virus objetivo, el SAS-Cov-2 en este caso. Se escogen las dosis que producen una estimulación robusta de los glóbulos blancos. Al igual que en la fase 1, los voluntarios participantes son observados con mucha atención para detectar reacciones adversas. Ciertas reacciones leves, como fiebre transitoria o algo de dolor en la zona de inyección, se consideran tolerables.

Este tipo de reacciones son relativamente frecuentes con todas las vacunas y solo representan molestias pasajeras. Pero también se buscan otras reacciones adversas, como efectos neurológicos. Tras la inyección de la vacuna, los voluntarios no deben de presentar ninguna falla de coordinación al caminar o al hacer movimientos finos, no deben tener problemas de la visión ni dolores de cabeza intensos. Se revisa con frecuencia la función cardiovascular y respiratoria. Tampoco se deben producir alteraciones significativas en ninguna de las numerosas pruebas de laboratorio o de imagen. Las pruebas realizadas a los voluntarios que reciban la vacuna en estudio son muy competas y precisas, e incluyen a todos los sistemas del organismo.

La fase 2 permite ajustar la dosis de la vacuna que da una respuesta inmune robusta y duradera. Hay varias pruebas de fase 2. En algunas de ellas, llamadas pruebas controladas, se forman dos grupos de pacientes con características de edad, talla, peso, número de hombres y mujeres y estado de salud comparables. Un grupo recibe la vacuna en estudio y el otro grupo recibe un placebo. Es decir, una inyección que es indistinguible de la vacuna (mismo tipo de jeringa, mismo líquido de inyección, etc.) y se estudia la capacidad de estimular al sistema inmune y la seguridad en los dos grupos. La vacuna debe producir una reacción del sistema inmune contra el SAS-CoV-2 mucho más fuerte que la que produce el placebo. Por otro lado, las reacciones adversas deben de ser muy parecidas en ambos grupos. ¿Por qué se sigue esta estrategia de controlar los efectos de la vacuna comparando con un grupo tratado con placebo? Debido a que es frecuente que las personas sientan efectos debido a que se sugestionan, es decir a cuestiones puramente psicológicas no atribuibles a la vacuna. Si esto sucede, veremos estos efectos tanto en el grupo de placebo como en el de la vacuna. Y así, sabemos que no son reacciones peligrosas. Para garantizar que la prueba se haga bien los voluntarios no saben si se les inyectó la vacuna activa o solamente el placebo. Esto no se les informa. Saben que pueden recibir vacuna o placebo, pero no saben cuál les tocó. Si la vacuna demuestra que, efectivamente es eficaz y segura al compararse con el placebo, se procede a la fase 3.

La fase 3 tiene como objetivo evaluar de la forma más completa posible la seguridad y la eficacia en la prevención de la enfermedad, en este caso COVID-19. Se incluyen a decenas de miles de humanos en un país o varios países. Aquí se compara cómo evolucionan las personas que fueron vacunadas respecto a las que no. Los sujetos que participan en los estudios de fase 3 realizan su vida normal y se espera que no se contagien con el virus, o se contagien mucho menos en comparación con la población no vacunada. También se recolectan datos estadísticos acerca de la efectividad y qué tan segura es la vacuna. Esta fase también sirve como una nueva oportunidad para identificar otros posibles efectos secundarios que no hayan surgido en la fase 2. Si se demuestra que la vacuna realmente protege contra la enfermedad COVID-19 en comparación a la población no vacunada y que no se presentan reacciones adversas preocupantes, se autoriza el uso de la vacuna en la población general. Es hasta entonces que se inician las campañas de vacunación a nivel nacional, regional o global.

¿Debemos tener miedo de la vacuna? La respuesta es no. Si una vacuna está debidamente estudiada, sabemos que no producirá reacciones adversas preocupantes. Si en el transcurso de los ensayos un candidato a vacuna llegar a producir alguna reacción adversa grave, de inmediato se detiene el desarrollo de esa vacuna. Recordemos que la seguridad de la vacuna debe de ser parecida a la del placebo, que no tiene antígenos. Cualquier vacuna, antes de ser autorizada a ser aplicada en la población general, debe ser probada en decenas de miles de personas y debe ser segura y eficaz en todas ellas. Cuando una vacuna contra SARS-CoV-2 sea autorizada tras concluir todas las fases necesarias de investigación, la prensa lo anunciará con bombo y platillo. Hay que verificar que sean fuentes periodísticas serias. Además, los resultados se publicarán en revistas médicas reconocidas. Esta es la información confiable. No confiemos en videos y otras fuentes de internet que o tengan el respaldo de fuentes confiables.