Biden asumirá la presidencia aunque Trump no quiera aceptarlo

Dos semanas después del 3 de noviembre en que se llevaron a cabo las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el actual presidente, Donald Trump, se niega a aceptar los resultados y conceder el triunfo a su rival, Joe Biden.

Tanto a nivel nacional como internacional, se infiere que la actitud del actual inquilino de la Casa Blanca está generando un gran problema y, quienes lo respaldaron -y militan en organizaciones de extrema derecha- están convencidos que le han arrebatado el triunfo como alega el propio Trump.

Pero las cifras son claras: Biden ha obtenido 306 votos electorales (36 más del mínimo para ser declarado ganador), mientras que Trump logró 232. Paradójicamente, estas cifras son las mismas que se registraron en las elecciones del 2016, cuando fue elegido Trump, quien entonces las declaró “un maremoto”.

Ni la Constitución de Estados Unidos, ni ley alguna que tiene que ver con los procesos electorales, obligan al perdedor a conceder el triunfo a su adversario. Este acto sólo es simbólico y una muestra de las buenas maneras de hacer política.

Por eso, y a pesar de las pataletas de Trump y de las demandas que ha presentado para recontar los votos, anular algunas boletas, cuestionar el recuento, etc., muchas de las cuales han sido desestimadas; el proceso sigue su curso y les corresponde a los miembros del Colegio Electoral emitir sus votos y, de esa manera, ratificar los resultados de las urnas.

El Colegio Electoral debe empezar a votar el 14 de diciembre y su veredicto debe estar listo y avalado el 6 de enero por el nuevo Senado.

Cada gobernador seleccionará a los miembros del Colegio Electoral de su estado y ellos, instruidos, emitirán su voto.

Si la diferencia fuera muy ajustada, cosa que no lo es en este caso, el actual vicepresidente Mike Pence, en su condición de ‘presidente’ del Senado puede observar los votos de algunos miembros del Colegio Electoral, declarar que no hubo ganador y empezar el proceso de sucesión de tal manera que Nancy Pelossi, la actual presidenta de la Cámara de Representantes, asuma la presidencia.

Naturalmente eso no va a ocurrir. Ya el Senado aprobó por unanimidad una resolución que reafirmaba su compromiso con que “no haya interrupciones por parte del presidente ni de ninguna persona en el poder para anular la voluntad del pueblo estadounidense”.

“El ganador de las elecciones del 3 de noviembre será investido el 20 de enero. Habrá una transición ordenada, tal como la ha habido cada cuatro años desde 1792”, según el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell.

Esta fue en respuesta a las amenazas de Trump de impedir el proceso de transferencia del poder, un par de meses antes de las elecciones, alegando, sin prueba alguna, que el voto por correo se prestaba al fraude.

Precisamente, cuando en septiembre se le preguntó si iba a aceptar los resultados, Trump dijo: “Vamos a tener que ver qué pasa (…) No habrá transferencia, francamente, habrá una continuación. Las papeletas están fuera de control”.

Pero en la madrugada del 4 de noviembre se declaró ganador porque tenía alta votación en algunos estados, pero al cambiar los resultados horas después dijo que había fraude.

Judith Kelley, decana y profesora de la escuela Sanford de Políticas Públicas de la Universidad de Duke, declaró para la agencia EFE que “lo que realmente importará serán los desafíos legales a los resultados oficiales (que plantee Trump), que pueden ser tantos que podrían prolongar la incertidumbre sobre el resultado de las elecciones”.

Precisamente, Trump ha contratado un ejército de abogados, muchos de los cuáles, a estas alturas, han ido abandonando los procesos porque no hay pruebas. El único que se mantiene terco, tratando de encontrar irregularidades y fraude en Pensilvania es Rudy Giuliani.

El complicado sistema electoral estadounidense, en el que los votantes no eligen al presidente de manera directa sino a los 538 delegados de los Colegios Electorales, que son los que a la postre votan por el presidente, abre gran cantidad de interrogantes.

Tras las elecciones, las autoridades estatales tienen hasta el 8 de diciembre para resolver cualquier controversia que pueda surgir sobre la elección de sus representantes del Colegio Electoral, y el 14 de diciembre sus miembros se reúnen en sus estados y votan formalmente al presidente, una votación que debe avalar el nuevo Congreso el 6 de enero.

Gana el candidato que obtenga la mayoría de los 538 votos electorales existentes, es decir, al menos 270.

En su cuenta de Twitter, en la cual está muy activo, Trump escribió el domingo 15: “Él ganó (por Biden) porque las elecciones estaban amañadas. No había supervisores ni observadores”.

Y acusó a la compañía Dominion, “propiedad de la izquierda radical”, de suministrar “engañosos” equipos de recuento de votos con la complicidad de “los falsos y mudos medios de comunicación”.

Aun así, las dos primeras palabras de su tuit (“He won”, “Él ganó”) llamaron la atención porque es la primera ocasión que las pronuncia después del anuncio de resultados.

Sin embargo, tras la gran repercusión de sus dichos, el mandatario dijo en un tuit posterior que no concedió nada y que Biden “solo ganó a los ojos de los MEDIOS MENTIROSOS”.

“¡No concedo NADA! Tenemos un largo camino por recorrer. ¡Fue una ELECCIÓN AMAÑADA!”, expresó.

Fuente: La República